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¿De dónde viene la idea del infierno?

La Biblia hebrea no describe un infierno: sitúa a todos los muertos —justos e injustos— en el Sheol, una fosa común subterránea sin premio ni castigo. La idea de un lugar de tormento nace en la apocalíptica del judaísmo del Segundo Templo (Daniel, 1 Enoc, 2 Macabeos, siglos III-I a.C.) como respuesta al escándalo del justo que muere bajo persecución; el Nuevo Testamento hereda un mosaico de imágenes —la Gehena, el fuego, las tinieblas, el lago de fuego— sin un sistema único; y el tormento consciente y eterno se impone en el cristianismo occidental con la patrística, sobre todo con Agustín, frente a otras dos posiciones cristianas reales: la aniquilación de los impíos y la restauración universal. La geografía detallada del infierno es una elaboración medieval que culmina en Dante.

Por Alejandro Villa B. · última revisión: 9 de septiembre de 2026 · cómo se hace este atlas

Lo que se dice

En la predicación popular y en buena parte de la cultura visual, el infierno es un lugar concreto: un abismo subterráneo de fuego que no se apaga, con demonios que atormentan a los condenados para siempre. Y se da por hecho que está en la Biblia desde el principio —que Dios lo reveló, y que los concilios y los teólogos solo lo “explicaron” mejor con el tiempo—.

Respuesta corta

La Biblia hebrea no describe un infierno. Sitúa a todos los muertos —los justos y los injustos por igual— en el Sheol, una fosa común subterránea, oscura y silenciosa, donde no hay premio ni castigo. La idea de un destino diferenciado tras la muerte, con juicio y resurrección, aparece por primera vez con claridad hacia el 165 a.C. (Daniel 12:2) y se desarrolla en la literatura apocalíptica del judaísmo del Segundo Templo. El Nuevo Testamento hereda de ahí un repertorio de imágenes —la Gehena, el fuego, las tinieblas, el lago de fuego— pero no un sistema. La doctrina del tormento consciente y sin fin se impone en el cristianismo occidental con los Padres, de forma decisiva con Agustín (siglo V), y lo hace frente a otras dos posiciones cristianas reales: que los impíos son aniquilados, y que al final todos son restaurados. La geografía detallada del infierno —círculos, niveles, penas a medida— es una elaboración medieval que culmina en Dante. Lo que los historiadores discuten no es si hubo un desarrollo, sino sus causas y su ritmo.

El Sheol: la fosa común de la Biblia hebrea

La palabra hebrea she’ol aparece unas 66 veces en el Antiguo Testamento. Designa un lugar bajo la tierra, de polvo y de silencio, adonde bajan todos los muertos, que quedan reducidos a sombras (refaím). No hay en él distinción moral: Jacob espera descender al Sheol llorando a su hijo (Génesis 37:35), y Job lo desea como un descanso (Job 3). Los textos son explícitos en que allí no pasa nada:

Cuando el judaísmo de lengua griega tradujo la Biblia (la Septuaginta), vertió Sheol como Hades, el inframundo griego. En ninguno de los dos casos se trata de un lugar de fuego ni de castigo: es la tumba, el destino común. Un lector del siglo VIII a.C. no habría entendido la pregunta “¿te vas a ir al infierno?”.

El giro del Segundo Templo: juicio, resurrección, recompensa

Entre los siglos III y I a.C. el cuadro cambia. El motor del cambio es histórico: la dominación extranjera y, sobre todo, la persecución de Antíoco IV (167-164 a.C.), que ejecutó a judíos por cumplir la Ley. Eso planteó de golpe el problema de la teodicea en su forma más aguda: ¿por qué muere el fiel, torturado, y prospera el que apostata? Si Dios es justo, la cuenta tiene que saldarse en alguna parte —y si no es en esta vida, tendrá que ser después—.

No todos los judíos aceptaron el paquete. Josefo (Guerra de los judíos 2.163-165) resume las posiciones de su tiempo: los fariseos sostenían que el alma es imperecedera y que hay recompensa y castigo tras la muerte; los saduceos negaban por completo la supervivencia del alma. Eclesiastés y el Sirácida muestran que la visión antigua seguía viva. En el siglo I, entonces, esto es una disputa interna del judaísmo, no una doctrina establecida.

Sobre las influencias externas hay debate. La escatología persa (zoroástrica) —juicio final, un río o una prueba de fuego, dualismo cósmico— se propone a menudo como catalizadora, pero los textos zoroástricos que la describen son varios siglos posteriores, así que la dirección y la fecha de cualquier préstamo son difíciles de fijar. La influencia griega es más clara en los textos judíos de lengua griega: la Sabiduría de Salomón habla del alma inmortal en vez de la resurrección corporal, y la cultura helenística ya tenía un Hades con castigos concretos (el Tártaro).

Gehena: un valle con mala fama

La palabra griega géenna transcribe el hebreo Gé Hinnóm, “valle de Hinom”: un barranco real al sur de Jerusalén. En Reyes y Jeremías es el lugar del tófet donde se “hacía pasar por el fuego” a los niños en honor de Moloc (2 Reyes 23:10; Jeremías 7:31; 32:35). Jeremías lo maldice y lo rebautiza “valle de la Matanza” (Jeremías 7:32). En la literatura judía posterior (1 Enoc, 4 Esdras, textos rabínicos) el nombre se despega del mapa y pasa a designar el lugar —o la imagen— del juicio de fuego.

Conviene desmontar aquí un mito dentro del mito. Se repite mucho que la Gehena era el basurero de Jerusalén, siempre ardiendo para consumir la basura y los cadáveres —y que de ahí vendrían el fuego y los gusanos—. Esa explicación no tiene ninguna fuente antigua: se documenta por primera vez en un comentario del rabino David Kimhi (Radak) hacia el año 1200, y ni los textos ni la arqueología del período antiguo la respaldan. El fuego de la Gehena en las fuentes antiguas es el fuego del juicio —tomado de Isaías 66:24, “su gusano no morirá, ni su fuego se apagará”—, no el de un incinerador municipal.

El Nuevo Testamento: imágenes, no un mapa

“Gehena” aparece 12 veces en el Nuevo Testamento: 11 en los evangelios sinópticos (7 de ellas en Mateo), casi siempre en boca de Jesús, más una en la Carta de Santiago.

El Nuevo Testamento ofrece, pues, un repertorio de imágenes —fuego, tinieblas, destrucción, exclusión, un lago, un valle— y un vocabulario que las generaciones siguientes tuvieron que armonizar. No traza la geografía, ni fija sin ambigüedad la duración, ni explica la mecánica del castigo. La palabra que solemos traducir “eterno”, aiónios, puede significar también “de la edad venidera”, y la discusión sobre qué sentido tiene en cada pasaje es antigua y sigue abierta.

Los Padres: por qué gana el tormento eterno

Durante los primeros siglos convivieron entre los autores cristianos tres posiciones:

  1. Tormento consciente y eterno: Tertuliano —que en De spectaculis describe con satisfacción el castigo de los perseguidores—, Cipriano y, sobre todo, Agustín.
  2. Aniquilación o inmortalidad condicional: los impíos dejan de existir. La defendió Arnobio y la sugirieron otros.
  3. Restauración universal (apocatástasis): todos los seres racionales —incluido el diablo— acaban restaurados tras una purificación. La sostuvieron Orígenes y, de forma bastante explícita, Gregorio de Nisa; Clemente de Alejandría se inclinaba por un castigo correctivo.

Agustín, en el libro XXI de La Ciudad de Dios (ca. 426), dedica un tratado entero a defender que el fuego es real, corporal y sin fin, y a rebatir uno por uno a los que llama misericordes —cristianos que confiaban en una liberación final de los condenados—. Su autoridad hizo que en Occidente las otras dos posiciones quedaran marginadas. El origenismo fue condenado bajo Justiniano: en los anatemas de 543 y en una serie de 15 anatemas asociada tradicionalmente al Segundo Concilio de Constantinopla (553), aunque los especialistas discuten si los aprobó el concilio ecuménico o un sínodo previo. A partir de entonces el infierno eterno es la ortodoxia establecida, si bien una corriente universalista minoritaria nunca desapareció del todo, sobre todo en el cristianismo oriental.

El purgatorio siguió un camino aparte: la idea de una purificación tras la muerte —apoyada en la oración por los difuntos de 2 Macabeos 12— se fue distinguiendo del infierno; el sustantivo purgatorium se documenta en el siglo XII y se define como dogma en los concilios de Lyon II (1274) y Florencia (1439). Los reformadores del siglo XVI lo rechazaron por falta de base bíblica.

La geografía medieval del infierno

La imagen vívida que hoy se asocia a “el infierno” —círculos, niveles, demonios con calderos, penas ajustadas a cada pecado— es en gran parte una elaboración medieval. El género de los “viajes al otro mundo” (el Apocalipsis de Pedro ya en el siglo II, la Visión de Pablo, la Visión de Túndalo, el Purgatorio de San Patricio) multiplicó los detalles; la escultura de los tímpanos románicos y góticos (Conques, Bourges) fijó la iconografía de la boca del infierno. Dante, en el Infierno (ca. 1320), lo ordenó todo en nueve círculos concéntricos con una lógica de correspondencia entre culpa y pena (contrapasso). Esa síntesis literaria y artística, más que ningún texto bíblico concreto, es la fuente de lo que la cultura occidental “ve” cuando piensa en el infierno. La predicación protestante posterior —el célebre sermón de Jonathan Edwards Pecadores en manos de un Dios airado (1741)— heredó el infierno, aunque no el purgatorio.

Qué sabemos

Qué no sabemos

Qué fuentes existen

Qué discuten los historiadores

El desacuerdo no es sobre si hubo un desarrollo —lo hubo—, sino sobre sus causas y su ritmo: el peso de las influencias persa y griega, la rapidez del cambio dentro del judaísmo, y qué posición sobre el castigo puede atribuirse a Jesús y a Pablo. Bart Ehrman defiende que ninguno de los dos enseñó el infierno de tormento eterno que después se volvió estándar. Alan Bernstein documenta con más matiz la larga coexistencia de tormento eterno, aniquilación y restauración antes de que una se impusiera. Los autores confesionales que sostienen que la doctrina estaba revelada desde el principio parten de premisas teológicas, no del método histórico.

De dónde viene la idea

El infierno tal como se imagina hoy —un lugar concreto, con fuego que no acaba, reservado a los condenados— es el punto de llegada de un camino largo: una respuesta judía al escándalo del justo que muere bajo persecución (siglo II a.C.), un puñado de imágenes en boca de Jesús y en el Apocalipsis (siglo I), una doctrina que se fija frente a otras dos alternativas cristianas en la patrística (siglos IV-VI) y una geografía que se dibuja en la Edad Media. Presentado sin ese recorrido —como un dato estable de la Escritura desde el Génesis— parece una revelación única y sin fisuras; leído en su historia, es una idea que el cristianismo construyó, discutió y consolidó a lo largo de más de mil años.

Fuentes

Relaciones

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Villa B., A. "¿De dónde viene la idea del infierno?". Atlas histórico, antropológico e interactivo de los cristianismos. Versión 0.1. Última revisión: 2026-09-09. https://cristianismos.com/es/articulos/de-donde-viene-la-idea-del-infierno/